¿Hasta dónde va a llegar la inflación?

Nov 2, 2021

Redacción Mapfre

Redacción Mapfre

El debate sobre si el repunte del nivel de precios es transitorio o permanente no ha cesado. Apoyado por el encarecimiento de la energía y las materias primas y la falta de inventarios, son cada vez más las voces que están alimentando la idea de que la elevada inflación no es una cuestión de corto plazo. En la Eurozona, los precios han alcanzado niveles máximos desde los últimos 10 años, situándose en el 3,0% en agosto, mientras que Estados Unidos registró un 5,3 % en agosto. Estas cifras, aupadas principalmente por la crisis energética, han alertado a expertos y analistas, quienes ahora debaten sobre la naturaleza de la inflación, ya que “será su carácter temporal o permanente el que inducirá un tipo de política monetaria y de comportamiento de mercados financieros”, afirma el último Informe Panorama Económico y Sectorial: Perspectivas hacia el cuarto trimestre, elaborado por MAPFRE Economics. En el caso de España, el equipo del Servicio de Estudios espera que el IPC finalice el año en un promedio del 2,7% este año.

Cualquiera de los dos posibles escenarios, en los que eso sí se descarta la estanflación, tendrían una implicación directa sobre la actividad y estabilidad financiera que, en última instancia, delimitan la frontera entre el escenario base (contexto en el que la inflación es transitoria) y el escenario estresado (el deterioro de la actividad económica sitúa la inflación en un problema permanente) del Servicio de Estudios de MAPFRE.

La inflación es una cuestión transitoria

La aceleración en el índice de precios a nivel global no deja de ser una continuación de la situación anterior, con tasas sensiblemente por encima de los objetivos de los bancos centrales a ambos lados del Atlántico, lo que está mostrando síntomas de estancamiento secular. Desde esta perspectiva, los analistas consideran que el repunte temporal de los precios vendría explicado por 1) el alza en los precios de las commodities, 2) el efecto base de la caída de precios entre febrero y mayo de 2020 3) y los efectos temporales de las restricciones de oferta derivadas de la pandemia.

Se trataría, por tanto, de una situación “donde lo que preocupa es la volatilidad eventual del índice de precios y no tanto un cambio en la senda de crecimiento”, ya que esto último sería complicado en un contexto donde hay un mayor atesoramiento de liquidez, el ahorro no se traslada al consumo y los efectos de la política monetaria sobre las expectativas mantienen las curvas de Phillips planas.

La inflación es una cuestión permanente

Por la otra vertiente, hay razones que podrían sostener la hipótesis de que el repunte de precios habría venido para quedarse. De darse tal escenario, algunos supuestos que han imperado los últimos años serían ahora erróneos, como 1) el incremento permanente en el precio del crudo, 2) el cambio de modelo de China, apoyado en el consumo y más exportador de bienes de alto valor añadido o 3) la invalidez de algunos postulados como el estancamiento secular.

Asimismo, este contexto estaría apoyado por un profundo cambio en la estructura productiva (“reshoring” de plantas a los países de origen y una mayor automatización, la repreciación de las externalidades productivas y la transición energética), así como a nivel demográfico y por los efectos de señoreaje, elevando el nivel de inflación y las propias expectativas.

Toda esta situación ha puesto en una encrucijada a los bancos centrales y sus respectivos objetivos inflacionarios. Con esto, nos situamos ante indicios de inflación que pueden condicionar (dependiendo de la naturaleza temporal o permanente de esta) el tipo de escenario macroeconómico en el que nos encontremos durante los próximos meses. La balanza se inclinará, sin embargo, en función del peso de cinco factores fundamentales que definirán el sesgo monetario:

 

  1. La propia interpretación del carácter transitorio o permanente de la inflación,
  2. las prioridades en política monetaria en determinados países donde prevalecerá la estabilidad por delante de la actividad, condicionada además por el Covid-19,
  3. Los condicionantes de economía política en otros mercados, como el reciente recorte de tipos en Turquía,
  4. el sesgo ideológico de los bancos centrales, los cuales habían hasta ahora apostado por la creencia de que “la actividad es secularmente baja y que existe transitividad entre actividad e inflación que ha de promoverse”
  5. y la secuencia de agotamiento del resto de medidas monetarias a tenor de las cicatrices de la crisis del Covid-19.

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